viernes, 26 de julio de 2013

Hacia las rutas salvajes



INTO THE WILD

Escribir sobre una película como “Hacia las rutas salvajes” no es una tarea sencilla. Aún recuerdo la primera vez que la vi, en el cine de verano, hace exactamente (mmm, déjame pensar) ¿cinco años? Algo así. Recuerdo que fue un día importante porque al volver del cine el chico que me gustaba me había escrito un mensaje. Pero, volviendo a lo importante: apenas pestañeé en toda la película, que por cierto, no es nada corta. 148 min se me pasaron en un abrir y cerrar de ojos.

El hecho de saber que se trataba de una película basada en una historia real no hizo sino acrecentar mi asombro: la decisión de un joven de cortar todos los hilos que le unían a la realidad para escapar de una vida y de una sociedad que le asfixiaba.

No se puede negar, que liberarte de las ataduras siempre es estimulante.

Christopher McCandless viaja a todo lo largo de los EEUU. Sin vehículo. Sin dinero. Sin identidad. Sin compañía. Tan solo él y sus reflexiones que, en más de una ocasión, tumbaran al espectador cabeza abajo. ¿Por qué debemos acatar cada orden? ¿Por qué nos privan de nuestra libertad a cada paso, a cada golpe de respiración?

Pero, lo más importante de esta película reside en las sensaciones que transmite: libertad, amor por la naturaleza, inconformismo. El compositor Eddie Vedder hace un gran trabajo en este aspecto. Su música (así como todas las imágenes de naturaleza salvaje) nos transportan a un mundo paralelo donde las preocupaciones no existen más que en nuestra mente; donde otro tipo de existencia es posible. Una existencia en la que tan solo hay paisaje, un par de libros, animales que cazar, un autobús mágico. Y, por supuesto, tú mismo.

A veces pienso en todas las personas que se encontraron a Chris en su camino, como la pareja de hippies del caucho o Ron Franz. ¿Alguna vez pensaron en lo importante que llegaría a ser Chris en sus vidas? ¿Alguna vez se dieron cuenta de lo peligroso de su proyecto? ¿De lo peligroso de ir a Alaska, a la naturaleza salvaje, sin nada más que unas simples bolsas de arroz, una garrafa de agua vacía y unas botas de montaña? Pero aún más, seguro que nunca imaginaron que sus vidas serían publicadas, proyectadas en una película, conocidas a nivel mundial.

En realidad sería Jon Krakauer, periodista, escritor y alpinista norteamericano el que investigó sobre el viaje de Chris y decidió publicar un reportaje sobre su viaje. Más tarde el reportaje se convertiría en libro. El libro, que no tiene absolutamente nada que objetar y que cuenta, no solo las aventuras de Christopher, sino también algunas de las del propio autor, pasaría a ser película.

Pero, fundamentalmente, una reflexión que me surge a partir de esta película es aquella relacionada con las relaciones humanas. En este mundo gobernado por las tecnologías y la comunicación instantánea, no parece quedar espacio libre para la soledad: un estado tan necesario como aquel que ofrece la compañía. Y esto es algo que se puede apreciar a lo largo de toda la película. Puede ser que Christopher Mccandless fuera tan cabezota como para no pensar en nada más que en la soledad pero, finalmente, comprendió que la felicidad, solo puede ser real cuando es compartida. Es una lástima que se tuviera que dar cuenta tan tarde.

En cierto momento de la película Christopher McCandless dice:

Se equivoca si piensa que las alegrías de vivir las dan solo las alegrías humanas. Dios impregno con ella todo lo que nos rodea, está en todo lo que podemos experimentar. La gente tiene que cambiar su forma de ver las cosas.

Y es cierto que a veces asusta el hecho de que hoy en día muchos no puedan disfrutar de su soledad, de su aislamiento del exterior, tan necesario para mejorar y crecer dentro de nosotros mismos.

Creo que, en realidad, lo que más me gusta de esta historia es que, en realidad, no es tan solo una historia. Aunque “Into the wild” es la historia de Christopher McCandless, se trata también de la historia de todos aquellos que lo acompañaron en su viaje. Y cada una de estas historias es de una belleza indescriptible.

Lo cierto es que ya he escrito casi dos folios de Word pero aún soy incapaz de reflejar el contenido de la película, de transmitir su fuerza. La bajada por los rápidos en canoa, los momentos de caza, el impresionante paisaje de las tierras salvajes. Y creo que, precisamente por ello, es mejor ver la película directamente y hacerse su propia idea.

A todo esto, tan solo quiero añadir que la banda sonora, de Eddie Vedder, obtuvo un premio Grammy a mejor canción adaptada a una película. Además, es la música perfecta para un viaje por carreteras ¡Queda advertido!


La primera vez que vi esta película, esta tuvo un fuerte impacto sobre mí. Cambió mi manera de ver las cosas en muchos aspectos. A los pocos meses, me inspiró para escribir este pequeño relato que, releyéndolo ahora, poco tiene de la película y mucho más de historieta de amor. De todas formas, quería compartirla aquí:

Ahora que Anne era mayor se pasaba las tardes sentadas frente al televisor, como cualquier otra mujer con el pelo blanco. Aunque ella sabía que no era como las demás. El resto tan sólo veía allí a una anciana sentada en la camilla, pero no sabían que ella miraba el aparato de televisión sin ver. Que oía sin escuchar. Tan sólo pensaba que aquella sucesión de sonidos monótonos y repetitivos podían ayudarla a recordar. Y recordar era todo lo que allí hacía.
Recordaba el tacto de las telas, sus llamativos colores. Los olores, tan intensos. Y sus ojos. Esos ojos marrones que la seguían allí dónde fuera aquel verano de 1969.
Anne acababa de cumplir veinte años y sus padres habían decidido celebrarlo con un viaje a la India. Habían alquilado una gran casa al lado de Deli y allí pasaban los días y las noches.
Desde el primer día aquella tierra cautivó a Anne. La gente y su pobreza que ella nunca hubiera creído desde su acomodada situación en Inglaterra. Y lo mejor de todo eran aquellos paseos por la mañana al mercado a dónde acompañaba a Nayara, la chica que se ocupaba de las tareas domésticas. Ambas tenían la misma edad y desde el principio quedaron unidas por fuertes lazos de amistad, sin importarles la procedencia ni la diferente posición que provocaba más de un codazo a su paso. Lejos de esto, compraban y cocinaban juntas y luego pasaban la tarde entre baños en el riachuelo de al lado de la casa. Allí una pequeña cascada las hacía saltar y reír.
Allí fue dónde lo vio por primera vez. Un nómada, un alma indómita. Él.
Las miraba mientras se bañaban y no parecía importarle ser descubierto en su observación.
Cuando Anne lo descubrió entre los ramajos se pegó un susto de muerte, ahora sonreía al recordarlo. Un chico tan blanco como ella. Barbudo y vestido con un taparrabos indio. El torso al descubierto. En su mano un palo afilado con el que había estado pescando. Y esos ojos que no se despegaban de ella un segundo. Y ella que tampoco podía despegar los ojos de él.
Vivía en una chabola cerca de la finca que ellos tenían, le contó Nayara. Él también había llegado con dinero. Ataviado de trajes occidentales y buenos modales. Era un chico raro. Lo consideraban loco y la gente trataba de rehuirle siempre que le era posible. Comenzó dando su dinero a los pobres que se morían de hambre. Les daba comida y mantas donde hacer más apacible su vida en la calle. Todos temían el día en que se fuera y ya no hubiese nadie que se apiadase de ellos. Sin embargo ya nunca se fue. Se quedó a vivir en la naturaleza. Tenía su propio huerto y le gustaba pescar. Era educado y, sin embargo, la gente ya no podía fiarse de él. Un hombre que había abandonado su vida por ser como ellos debía de estar loco o ser un idealista. Y allí ya no había espacio para ninguno de los dos.
No fue hasta finales de mes que Anne volvió a verlo. Vendía tomates en el mercado aunque nadie parecía comprarle. Aparentemente ajeno a la situación, permanecía sentado en una silla plegable, con unas gafas enormes, leyendo. El pelo, largo y enredado, lo tenía sujeto en un moño encima de la cabeza y, envolviéndolo, un llamativo fular morado. Se acercó, no sabía por qué pero no podía evitar sentirse atraída por su presencia. Por aquellos ojos marrones que ya no se separaron de ella en todo el verano.
-Hola -le saludó en inglés.- Quiero un par de kilos de tomates por favor.
Y él le sonrió. Aquella sonrisa. Aquellos dientes algo amarillentos y desgastados para lo temprana de su edad.
-Claro que sí. -Y su acento. Su voz. Su olor.  -¿Quieres que vayamos a dar un paseo?
Él llevaba el carrito y, sin saberlo, también su corazón. La gente a su alrededor se volvía a cada instante. Preocupados. Curiosos. Desconcertados. Ella, la chica buena y educada. Guapa si podía considerarse hermosa a una mujer tan pálida. Refinada.
Y hablaron. Hablaron de filosofía. Y de arte. Hablaron de la India. Y de Inglaterra. Pero no hablaron de ellos. ¿Qué significaban esas dos pequeñas y materiales personas, sujetas al devenir?
Caminaron lo que le parecieron instantes, horas en la realidad. Hasta llegar a un recodo del río donde el agua caía en cascada, alborotada. Pura. Virgen. Cristalina.
Y se desvistieron. Y ya no hablaron más de filosofía. Ya no más de arte ni política.
Sino que se dejaron hacer. Nadaron y se zambulleron una y otra vez. Felices de su felicidad mutua. Se abrazaron y se sintieron unidos. Ellos que tan sólo se conocían de unas horas atrás. Pero ¿Qué importaba el tiempo en un mundo donde todo se acaba? ¿Para qué conceder importancia al tiempo cuando quizás mañana ya no quede nada? Si tan sólo nos quedan fragmentos que una vida que recordar. El ayer, el hoy y el mañana confluyen y se abren camino a través de los días, las horas, aquellos instantes en los que somos felices.
Aquella noche, Anne pensaba en él. Christopher era su nombre inglés. Aahan su nombre indio. En sus caricias, en sus besos, su deseo aumentaba. Su anhelo por dormir con él, por notarlo cerca, junto a ella.
Aquella noche Anne se escapó de casa por primera vez. Anduvo cerca de media hora a oscuras bajo riesgo de pisar una víbora hasta encontrar la chabola donde él hacía su vida. Y no le sorprendió ver luz a través de la ventana. ¿Cómo dormir si se puede vivir?
Aquella noche la pasaron juntos. Y como aquella noche muchas más. Abrazados se contaban sus sueños, fantasías utópicas que, sin embargo, veían cerca. Tan cerca. Ella dejó sus faldas y sus trajes. Los colores eran demasiado llamativos como para dejarlos en los puestos. Quería vivir, formar parte de aquello. Y ante todo quería amar. Aún más. Deseaba sentirse amada.
Leían y reían juntos. Por las noches fumaban canutos y se transportaban. A otra vida. A otros cuerpos. Y hacían fotos. Él le enseñó a pescar. Ella a coser.
Pero el verano terminaba y la madre de Anne la instaba a volver a casa. Allí sus estudios. Sus amigas. Su primo Adrien, pretendiente desde hacía ya años.
Y las quejas y los lloros. La impotencia e incomprensión. ¿Cómo poder añorar a una persona con la dormía todas las noches?
Y aquel último día. Aquella madrugada tan especial después de horas a través de las rutas salvajes para alcanzar aquel oasis. Aquel paraíso inhabitado. Las cañas, el río. El amanecer. Anne recostada en su pecho y el sol cubriéndolos poco a poco. Los ruidos de la naturaleza al despertar.
Y allí se quedó. Él con sus ojos marrones. Con las promesas sin cumplir y los sueños de una juventud recién descubierta.


sábado, 22 de junio de 2013

Bajo el sol de la Toscana






Hacía siglos que no me sentaba después de comer a ver una película en familia y debo reconocer que gracias a la de hoy me han entrado ganas de hacerlo más a menudo. Después de unas semanas de no parar noto que comienzo a tener más tiempo libre, noto como si la rutina de verano ya hubiese llegado completamente, inundando mis mañanas y tardes de lecturas y películas en casa o en la piscina. Esa rutina que ahora se agradece tantísimo y que, en agosto, probablemente me tendrá refrita.

Pero bueno, tal y como contaba, esta tarde me he sentado a ver una película después de comer: Bajo el sol de la Toscana. Una película de risas y lágrimas o, como decimos en mi casa, una película de amor y de paz, ubicada en la maravillosa tierra de la Toscana. Eso es. Una película sobre la belleza de la vida (¡y de los italianos!), sobre la fuerza vital y la superación de tantas decepciones que a menudo nos inundan. Y, ante todo, una película que nos muestra la importancia de tomar decisiones impulsivas una vez nos encontramos ante la encrucijada de la vida.

Supongo que el gran mérito de esta película no reside en su historia que, si bien es bonita, no es nada fuera de lo normal. Este reside, en cambio, en las imágenes, en los paisajes, en las escenas que muestra; en la música que nos lleva a través de una Italia de ensueño. No sabría decir porqué pero me ha recordado bastante al libro Comer, rezar, amar de Elizabeth Gilbert (supongo que el escenario de americana en proceso de divorcio que viaja a Italia ha tenido algo que ver).

En especial, me ha gustado esta frase que quería compartir ahora aquí:

Cuentan que construyeron una vía férrea sobre los Alpes entre Viena y Venecia antes de que llegara el tren para realizar el trayecto. Aún y así la construyeron: sabían que algún día llegaría el tren. Si hubiera tomado otro desvío, ahora estaría en otra parte, sería una persona distinta.

A veces da miedo, pánico incluso, pensar en todas aquellas cosas que nos perdemos por tomar un determinado desvío, por pasear por una determinada calle, por decir sí en lugar de no (o no en lugar de sí). Sin embargo, parece mucho más coherente pensar en todas aquellas cosas que nos hemos encontrado a lo largo de la vida gracias a estos desvíos aparentemente irrelevantes.

En todo caso, os recomiendo la película: no tiene desperdicio. 

jueves, 13 de junio de 2013

Una mente maravillosa



Aquí estoy, a la 1:25 de la mañana, tumbada en la cama y escuchando la increíble banda sonora de “Una mente maravillosa” compuesta por James Horner. Contra todo pronóstico no estoy nada cansada, será que la perspectiva de estar de vacaciones me sienta bien.

Esta noche, después de dar mis clases particulares he decidido ver la película de “Una mente maravillosa”, la cual ya había visto innumerables años atrás pero de la cual no podía recordar apenas nada. Debo reconocer que me ha gustado mucho más de lo que hiciera la primera vez. El amor por las ciencias y por las matemáticas; la incansable persecución de una idea: la idea –esa única idea original que sería la clave y solución de todos los demás problemas. Al fin y al cabo fue el propio John Forbes Nash quien publicó una tesis doctoral de menos de treinta páginas: ahí iría su idea, esa que años más tarde le permitiría alcanzar el Premio Nobel.

También se cuenta en “Una mente maravillosa” la historia de una obsesión, de una locura, de una paranoia. John Forbes Nash fue un genio, sí, pero su increíble mente también tuvo una parte oscura. John Nash padecía una esquizofrenia que le obligó a pasar largos períodos de su vida encerrado y con una dura medicación. Afortunadamente, esto no le hizo perder del todo su vida y, poco a poco, este magnífico matemático consiguió solventar sus problemas por sí mismo así como superar sus paranoias, aceptarlas como parte de su propio día, limitarlas, ignorarlas.

Esta película nos muestra la lucha personal contra una enfermedad; la lucha de una persona en favor al amor: amor por la vida, por las ciencias, por los seres queridos, por la culminación de una teoría.


Probablemente John Nash fuera un incomprendido, no tuviera muchos amigos y fuera reservado, egocéntrico, poco tratable; sin embargo, como todo genio, su mente estuvo siempre llena de maravillas, de sueños, de ambiciones; de éxito. 

domingo, 9 de junio de 2013

El circo de las mariposas



El culmen de un gran fin de semana. Debo reconocer que, cuando este viernes terminé los exámenes ni siquiera era consciente de que ya iba a estar de vacaciones. Y bueno sí, ya estoy de vacaciones. El semestre ha pasado en un pestañeo, las clases, las salidas y, afortunadamente, también los exámenes. Y ahora ya: SOY LIBRE.

Esta tarde, después de pasar un fin de semana de celebración (y del que doy gracias al maravilloso festival ACTÚA 2013 Sevilla), he visto uno de mis cortometrajes preferidos –de hecho, aunque esta haya sido la segunda o tercera vez que lo veo, no he podido evitar dejar caer unas cuantas lágrimas de emoción.

“El circo de las maravillosas” es un cortometraje de cine independiente
con una gran enseñanza que nos recuerda que las mariposas no siempre lo fueron: las mariposas nacieron siendo gusanos. Y, aunque personalmente no creo que en la vida real haya que ser un gusano para ser una mariposa, sí que creo que un gusano PUEDE convertirse en una mariposa: solo tiene que desearlo, intentarlo, ponerle empeñó, luchar y, sobre todo CREERSE una mariposa. Son solo veinte minutos de vídeo y, de veras que merece la pena.


Os dejo aquí el enlace desde el que se puede acceder directamente al corto con subtítulos en español. ¡La calidad no es muy buena pero el contenido es tan bonito que eso tampoco es relevante!

domingo, 19 de mayo de 2013

AWAY WE GO o UN LUGAR DONDE QUEDARSE





Hay películas de todo tipo. Policíacas, de aventuras, románticas, comedias, maravillosas críticas al mundo, increíbles documentales con increíbles imágenes de la Tierra, del Océano, de las personas. También hay películas en las que cada escena cuenta, películas en las que cada diálogo es tan aleatorio y al mismo tiempo tan cierto, tan espontáneo, tan fuera de lo común… Películas que te hacen sentir vivo y feliz por ello. Esas son mis películas preferidas: donde la trama no es tan importante, donde el final pierde su importancia, la cual queda cedida a cada minuto, a cada imagen y cada conversación. Donde no cuesta nada pasar de la risa a las lágrimas. Away we go es una de esas películas.

Away we go es la historia de una pareja que, a punto de tener a su primer hija, se da cuenta de que en realidad aún tiene que encontrar las mejores condiciones para este pequeño ser al que todo quieren ofrecer. Y por ello, con un embarazo de seis meses a cuestas, deciden visitar a cuantos conocidos tienen a todo lo largo de los EEUU hasta encontrar el lugar adecuado para ello. Y lo que encuentran es todo aquello que no quieren para su familia. Y todo aquello que sí que quieren. Y también encuentran que son solo ellos dos los que cuentan para hacer de su vida todo aquello que quieren hacer de ella. Para darle a su bebé todo lo que se merece. Para darse a sí mismos todo aquello que necesitan. Porque si una persona no es nada sin amor tampoco lo es una pareja. Menos aún una familia. Qué hablar de una comunidad. El mundo entero no es nada sin amor, parece ser.

Si Sam Mendes ya me deslumbró con la película Revolutionary Road, ahora ya me ha alucinado. Con una genial banda sonora disponible en Spotify. ¡Espero que os guste!

NOTA: Como traductora en formación soy incapaz de dejar pasar la oportunidad de resaltar lo maravilloso de esta profesión: dos títulos perfectos, tanto el inglés como el español y, sin embargo, ¡¡son completamente opuestos!!

domingo, 31 de marzo de 2013

Rayuela




"...y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico"

Me comencé a leer Rayuela un día de sol, sentada junto al río –sentada en las duras rocas de detrás del monumento de la Tolerancia de Chillida, más concretamente. De esto han pasado aproximadamente dos meses: creo que nunca me he leído un libro que me haya gustado tantísimo y que, sin embargo, haya tardado tanto tiempo en terminar. Aún, en abstracto, me parece un poco incoherente que un libro que me ha llenado tanto y me ha producido tantísimas emociones me haya resultado, al mismo tiempo, tan difícil y vasto de leer. No espero que entendáis de qué hablo a no ser que vosotros también lo leáis.

“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”

La historia de la Maga y Oliveira y del Club de la Serpiente me enamoró desde el principio, permitiéndome perderme en esas brumas de humo del París de la bohemia. Desde la primera página, sentí una conexión instantánea con las ideas de Cortázar, ideas que me llevaron a sentirme completamente identificada con la vida de sus personajes; vidas que, a decir verdad, nada tienen que ver con la mía. No lo puedo negar, esta novela me ha pillado en un momento de mi vida en el que todo parece estar bien y las preocupaciones apenas ocupan lugar. 

Y qué decir de la estructura del libro. Debo reconocer que es algo que me entusiasmó desde el primer momento. También influyó el hecho de llevar a cabo la lectura desde una edición barata naufraga de la juventud de mi madre: al primer día de llevar el libro en la mochila, este, ni corto ni perezoso, se descompuso en cuatro partes. Esto ha terminado en que, el hecho de leer este libro haya sido una auténtica experiencia: no solo los capítulos iban en un orden completamente arbitrario, fuera de toda lógica convencional, sino que además, para pasar de capítulo en capítulo, tenía asimismo que pasar de uno de los cuatro tomos del libro, a otro y a otro. Así sucesivamente.

A decir verdad, muchos de los capítulos prescindibles tienen poco que ver con la historia en sí. Durante la lectura del libro he sido incapaz de precisar si estos breves incisos eran, en algún modo, metáforas o nuevas perspectivas de la misma realidad contada solo que, con la idea de aportar al lector una visión completamente innovadora y original o si, por el contrario, simplemente hacían referencia a una nueva realidad, a otro hecho o acontecimiento, para nada relacionado con la historia central y cuya función se basa en traer un soplo de aire fresco –y literario, artístico, filosófico, etc.– a la historia central de Oliveira. Aún ahora, una vez terminada la novela, soy incapaz de decantarme por una de las dos opciones.

El hecho de que Julio Cortázar represente a los estratos más marginados de la sociedad sin apenas pestañear y con la pluma firme, en situaciones grotescas y esperpénticas, también es de lo más fascinante: vagabundos, borrachos, mugre e incluso locos de manicomio inundan las páginas de principio a fin y ese es, sin duda, uno de los encantos de la novela.

Otro de los elementos más interesantes de esta historia es la continua impresión de que, más que leer una historia de primera mano, estamos leyendo una novela comentada. Más aún, la impresión de que no nos hallamos más que ante una historia contada por alguien que, desde fuera de la ventana, ve y narra los acontecimientos que suceden en el interior de la estancia.

Rayuela es un libro lleno de recovecos que, desafortunadamente, ni la más atenta de las lecturas puede desentrañar en su totalidad. Arte, filosofía, literatura, experimentación, sentimientos y lenguaje (por favor no os perdáis el capítulo 68) se entremezclan en esta obra para dar lugar a una novela apta para todos, en todo momento. Rayuela es perfecta para ver la vida desde otro prisma:

"La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas  y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo, lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la infancia se olvida que para llegar al Cielo se necesitan como ingredientes una piedrita y la punta de un zapato"

Sea como sea, Rayuela es un libro de cabecera al que mil veces se podrá recurrir, mil veces se le podrán sacar nuevos sentidos, nuevas imágenes. Una sola lectura no basta.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Lost in translation




A veces no nos damos cuenta de lo perdidos que nos encontramos hasta que conocemos a otra persona que está igual de perdida que nosotros.

Tokio es una de las mayores ciudades del mundo. Sin embargo, ellos dos se sientes solos y alejados de casa. Lost in translation no solo nos muestra el sentimiento de pérdida producida por el shock cultural de esa cultura nueva sino que también nos abre los ojos ante esa realidad en la que mucha gente se encuentra: el sentimiento de soledad más absoluto. La inseguridad de estar con la persona indicada. ¿Realmente seguimos amando a nuestro compañero? ¿A nuestro marido o esposa? ¿De verdad?

Bob Harris (Bill Murray) es un actor frustrado que se encuentra en Tokio para hacer sesiones publicitarias de whiskey. Está casado y se nota que aún ama a su mujer pero que, al llegar los hijos su vida ha entrado en la tranquilidad y monotonía de la madurez. Charlotte (Scarlett Johansson) es una chica joven cuyo marido, un fotógrafo, se pasa todo el día trabajando en Tokio sin apenas prestarle atención. Bob y Charlotte se sienten solos en sus grandes y lujosas habitaciones de hotel y entre ellos se establece una extraña relación afectuosa de comprensión mutua. Sin importar el pasado o el futuro, sin importar la diferencia de edad. Nada importa: solo que, al estar juntos, ya no se sienten solos. Parece que eso es suficiente.

Y luego está esa noche que salen de fiesta. Tan larga, extraña y, en cierto modo, algo surrealista. Con una música y unas imágenes geniales, todo el potencial de esta grande, extraña y, en cierto modo, surrealista ciudad se refleja a la perfección. Aquí dejo una foto de mi escena preferida de la película.



Recomendada como una de esas películas especiales difíciles de encontrar