Hacía siglos que no me sentaba
después de comer a ver una película en familia y debo reconocer que gracias a
la de hoy me han entrado ganas de hacerlo más a menudo. Después de unas semanas
de no parar noto que comienzo a tener más tiempo libre, noto como si la rutina
de verano ya hubiese llegado completamente, inundando mis mañanas y tardes de
lecturas y películas en casa o en la piscina. Esa rutina que ahora se agradece
tantísimo y que, en agosto, probablemente me tendrá refrita.
Pero bueno, tal y como contaba,
esta tarde me he sentado a ver una película después de comer: Bajo el sol de la
Toscana. Una película de risas y lágrimas o, como decimos en mi casa, una
película de amor y de paz, ubicada en la maravillosa tierra de la Toscana. Eso
es. Una película sobre la belleza de la vida (¡y de los italianos!), sobre la
fuerza vital y la superación de tantas decepciones que a menudo nos inundan. Y,
ante todo, una película que nos muestra la importancia de tomar decisiones
impulsivas una vez nos encontramos ante la encrucijada de la vida.
Supongo que el gran mérito de
esta película no reside en su historia que, si bien es bonita, no es nada fuera
de lo normal. Este reside, en cambio, en las imágenes, en los paisajes, en las
escenas que muestra; en la música que nos lleva a través de una Italia de ensueño.
No sabría decir porqué pero me ha recordado bastante al libro Comer, rezar, amar de Elizabeth Gilbert
(supongo que el escenario de americana en proceso de divorcio que viaja a Italia
ha tenido algo que ver).
En especial, me ha gustado esta
frase que quería compartir ahora aquí:
Cuentan que
construyeron una vía férrea sobre los Alpes entre Viena y Venecia antes de que
llegara el tren para realizar el trayecto. Aún y así la construyeron: sabían
que algún día llegaría el tren. Si hubiera tomado otro desvío, ahora estaría en
otra parte, sería una persona distinta.
A veces da miedo, pánico incluso,
pensar en todas aquellas cosas que nos perdemos por tomar un determinado
desvío, por pasear por una determinada calle, por decir sí en lugar de no (o no
en lugar de sí). Sin embargo, parece mucho más coherente pensar en todas aquellas
cosas que nos hemos encontrado a lo largo de la vida gracias a estos desvíos
aparentemente irrelevantes.
En todo caso, os recomiendo la
película: no tiene desperdicio.

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