La belleza del estilo de Haruki Murakami
se puede apreciar desde la primera frase de cualquiera de sus libros. Un estilo
que me produce curiosidad, la suficiente como para desear aprender japonés y
comprobar si realmente sus palabras son tan bellas como las que el/la traductor/a
reproduce. Y lo dice precisamente una estudiante de traducción.
Esta es la tercera historia de
este aclamado escritor japonés que leo y que me ha tenido entregada a la lectura en
estas calurosas tardes de verano en Sevilla. Llevo días sin hacer poco más que
leer en el bordillo de la piscina mientras la tarde cae lenta y despacio para
convertirse en una noche sin viento, en una noche de julio más, como tantas
otras.
Una vez más, Murakami trata la
soledad humana y el ansia de amor de cada individuo. Desdibujando las fronteras
entre la realidad y el mundo onírico, entre el gozo y la tristeza, esta
historia nos transporta a una cultura completamente diferente a la nuestra y,
sin embargo, con un corazón idéntico: aquí o en Japón todos seguimos siendo
humanos, con sus sentimientos y agonías.
Esta historia en particular trata
la historia de amor fallida entre tres individuos. El protagonista, tan similar
al Watanabe de Tokio Blues (Norwegian
Wood) y al mismo autor, está completamente enamorado de su mejor amiga que
también le ama pero no puede sentir deseo hacia él sino hacía una mujer mayor
de la que se enamora. Una mujer que, a su vez, es incapaz de sentir ningún tipo
de deseo sexual hacia nadie. Así se crea este triángulo de amor correspondido
pero lleno de insatisfacciones que llevarán a la tragedia final. Una tragedia
que termina por resolverse en las últimas páginas del libro.
Habiendo empezado con un estilo
realista poco propio de este autor, Murakami se hace notar con su estilo
surrealista tan característico a medida que la trama avanza. Un libro tan lleno
de metáforas y tan inverosímil (pero al mismo tiempo tan real, ¿quizás por lo
detallistas de sus descripciones?) que no nos dejará indiferentes.
Para quien haya leído Tokio
Blues, este libro es una buena continuación a la prosa de Murakami. Ya que no
llega a plasmar sus extremos de rareza en ella, esta historia podría ser
considerada como la indicada para comprender su escritura.
Una de las partes de este libro
que más me ha gustado es esta reflexión sobre la soledad humana; aquí queda a
la vista de quien quiera leerla:
¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Que necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aislan tanto las unas de las otras. ¿Para que? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando?
¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Que necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aislan tanto las unas de las otras. ¿Para que? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando?
Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y
pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando
alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz,
pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las
estrellas. Busqué en el la luz de los satélites. Pero aún había demasiada
claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles
permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavas en el cielo. Cerré los
ojos, agudicé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que
cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra.
Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de
repente se encontraba, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una
palabra, sin una promesa.
NOTA: Escribo esto escuchando la
maravillosa música de Jónsi y contemplando un espléndido atardecer desde mi
balcón. Quien me conozca lo suficiente sabrá que este es sin lugar a dudas mi
momento mágico del día.

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