miércoles, 18 de julio de 2012

Sputnik, mi amor.




La belleza del estilo de Haruki Murakami se puede apreciar desde la primera frase de cualquiera de sus libros. Un estilo que me produce curiosidad, la suficiente como para desear aprender japonés y comprobar si realmente sus palabras son tan bellas como las que el/la traductor/a reproduce. Y lo dice precisamente una estudiante de traducción.

Esta es la tercera historia de este aclamado escritor japonés que leo y  que me ha tenido entregada a la lectura en estas calurosas tardes de verano en Sevilla. Llevo días sin hacer poco más que leer en el bordillo de la piscina mientras la tarde cae lenta y despacio para convertirse en una noche sin viento, en una noche de julio más, como tantas otras.

Una vez más, Murakami trata la soledad humana y el ansia de amor de cada individuo. Desdibujando las fronteras entre la realidad y el mundo onírico, entre el gozo y la tristeza, esta historia nos transporta a una cultura completamente diferente a la nuestra y, sin embargo, con un corazón idéntico: aquí o en Japón todos seguimos siendo humanos, con sus sentimientos y agonías.

Esta historia en particular trata la historia de amor fallida entre tres individuos. El protagonista, tan similar al Watanabe de Tokio Blues (Norwegian Wood) y al mismo autor, está completamente enamorado de su mejor amiga que también le ama pero no puede sentir deseo hacia él sino hacía una mujer mayor de la que se enamora. Una mujer que, a su vez, es incapaz de sentir ningún tipo de deseo sexual hacia nadie. Así se crea este triángulo de amor correspondido pero lleno de insatisfacciones que llevarán a la tragedia final. Una tragedia que termina por resolverse en las últimas páginas del libro.

Habiendo empezado con un estilo realista poco propio de este autor, Murakami se hace notar con su estilo surrealista tan característico a medida que la trama avanza. Un libro tan lleno de metáforas y tan inverosímil (pero al mismo tiempo tan real, ¿quizás por lo detallistas de sus descripciones?) que no nos dejará indiferentes.

Para quien haya leído Tokio Blues, este libro es una buena continuación a la prosa de Murakami. Ya que no llega a plasmar sus extremos de rareza en ella, esta historia podría ser considerada como la indicada para comprender su escritura.

Una de las partes de este libro que más me ha gustado es esta reflexión sobre la soledad humana; aquí queda a la vista de quien quiera leerla:


¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Que necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aislan tanto las unas de las otras. ¿Para que? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando?
Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribeteado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en el la luz de los satélites. Pero aún había demasiada claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavas en el cielo. Cerré los ojos, agudicé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraba, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa.


NOTA: Escribo esto escuchando la maravillosa música de Jónsi y contemplando un espléndido atardecer desde mi balcón. Quien me conozca lo suficiente sabrá que este es sin lugar a dudas mi momento mágico del día.

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