Nada más verla en uno de los
estantes del videoclub supe que esta
película sería mágica. Para ser más precisos pensé: Esta película tiene pinta
de parecerse a La vida es bella. De
hecho no me equivocaba. A través de una cámara magistral, Baaria muestra la
realidad del siglo XX en Sicilia a través de la historia de tres generaciones:
sus amores y odios, sus miedos, la guerra y postguerra, la realidad del partido
comunista y la emancipación de la población de a pie.
A pesar de su principio algo caótico,
pronto nos familiarizaremos con sus personajes, inicialmente difíciles de
identificar y poco reconocibles. Un niño que corre endemoniado por conseguir
veinte liras antes de que el escupitajo de un viejo pueblerino se seque, la
crueldad de una maestra que se olvida de él castigado porque las cabras se
comieran su libro de texto, el amor de dos jóvenes que se fugan quedándose
encerrados en la casa hasta consumar su amor, el dolor de la muerte de los
seres queridos, el hurto en huertos ajenos para aplacar el hambre o el amor de
un hijo a un padre son algunos de los muchos momentos que llenan esta película.
Y ese hombre que, ya mayor y a punto de morir, recorre las calles de una
Sicilia moderna y aparentemente desconocida, perdido y desubicado pero no asustado,
rencarnado en la figura del niño que fue pero que ya nunca volverá a ser.
Las escenas de amor inundan la
pantalla, los mitos y supersticiones, los paisajes de una isla tan bella. La
vehemencia de los sicilianos y la expresividad de su lenguaje corporal nos
dejan con los ojos de par en par. La habilidad del director Giuseppe
Tornatore reside en su talento para unir fantasía y realidad de acuerdo con los
sentimientos que experimentamos, con los sueños de todos: un chico que vuela en
un cielo plagado de nubes por la velocidad alcanzada, un hombre que consigue
tocar las tres grandes piedras con una misma piedra o una mosca que, después de
años encerrada en el centro de una peonza se alza al vuelo en un claro grito a
la libertad.
Pero, lo más importante de todo
no es la historia es sí, sino la belleza con la que es narrada, una belleza que
muchas veces se camufla en su propia crudeza pero que está llena de matices,
guiños, supersticiones y gestos típicos de esta cultura que es, por otra parte,
tan similar a la de muchos pueblos españoles.

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