Fitzgerald, Fitzgerald… La
película del Curioso Caso de Benjamin Button me llevaría a la lectura del breve
ensayo filosófico que sirvió de base de la película. Esta sería mi presentación
con el gran F. Scott Fitzgerald. Y, sin embargo, aún me quedaba conocer a
Gatsby, un personaje atractivo y enigmático como no hay muchos.
La magia del gran Gastby nos atrapa
desde la primera página dando paso a un mundo de lujo y riqueza propias de los
felices años veinte americanos. Un mundo, eso sí, de gánsteres, un mundo
reinado por la Prohibición de venta de alcohol. Un mundo donde las fortunas se
han creado de manera incierta.
No nos encontramos sin embargo ante
una historia de negocios sucios o asesinatos, si bien ambas partes juegan un
papel importante. Estamos, contra todo pronóstico ante una historia de amor.
Una historia de amor largamente contenido que acaba por explotar en locura. Una
historia donde Fitzgerald recrea el conflicto universal creado entre fantasía y
realidad.
Cada evento y cada fiesta son
contados con una ambientación irreprochable. Magníficamente caracterizados, los
personajes nos hacen reír pero también nos asustan y enervan.
El verano de 1922 en Long Island
parece no tener repercusiones. Sin embargo, el fin de un matrimonio por la
muerte de ambos o el asesinato de Gastby siempre restaran en nuestras memorias.
Un cuadro difícil de olvidar: una piscina, un cuerpo asesinado y un círculo de
sangre a su alrededor. El fin de Gastby parece poner fin a una obsesión: la
obsesión de crearse a sí mismo como una persona que nunca fue, la avaricia, el
querer y no poder. Pero también el amor, el amor de alguien más allá de
nuestras posibilidades, por la sociedad y la rigidez de las convenciones, pero alguien
que también nos ama.
Os dejo con este pasaje en el que
Gatsby se rencuentra con su amada Daisy después de años intentando alcanzarla. Y
como desde la ventada de su habitación, Gastby dice:
-Si no fuera por la neblina podríamos
ver tu casa al otro lado de la bahía
-dijo Gatsby-. Ustedes mantienen una luz verde encendida toda la noche al final
del muelle.
De pronto, Daisy le pasó el brazo por
entre el suyo, pero él parecía absorto en lo que acababa de decir.
Es posible que se le estuviera
ocurriendo que el colosal significado de aquella luz se hubiera apagado para siempre.
Comparado con la gran distancia que lo había separado de Daisy, le había
parecido muy cercana a ella, casi como si la tocara. Le parecía tan cercana como una estrella lo
está de la luna. Ahora había vuelto a ser tan sólo una luz verde en un muelle.
Su cuenta de objetos encantados se había disminuido en uno.

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