Parece que el comienzo de verano
se nota en Sevilla: las representaciones de teatro de fin de curso se suceden
unas a otras, las terrazas nocturnas se llenan de amigos que, con una cerveza
en la mano tratan de olvidar el calor asfixiante del día y, entre otras cosas,
el cine de verano abre sus puertas.
Llevo unos días queriendo
escribir (pero sin tiempo suficiente de sentarme delante del ordenador) sobre
la obra de teatro que los pasados días miércoles 20, jueves 21 y viernes 22
representó el taller de primero de interpretación de la escuela de arte
dramático de Sevilla: El inspector.
Para ser completamente sinceros,
no se trata en realidad del original de Nikolái Gógol, sino de una adaptación
de esta obra rusa a un ambiente rural español. Es por ello que la elección de
la obra no puede ser menos que oportuna: en un tiempo de crisis actual, donde
todos nuestros supuestos líderes están corruptos y se dedican a estafarnos
pública y legalmente, esta pieza de teatro representa una realidad a la orden
del día.
La adaptación realizada ubica la
trama en un pueblo español adonde llega el rumor de que un inspector viene de
incógnito directamente desde Bruselas para comprobar que el pueblo se encuentra
libre de fraude y de que las cuentas están en orden. Es por ello que desde el
principio tanto el alcalde como los altos puestos de las instituciones del
pueblo (el hospital, la escuela, los juzgados) se reúnen para ver como
solventar tal situación. Sin embargo, todo se complicará al entrar en juego un donjuán,
funcionario que reside indefinidamente en el hostal sin pagar su habitación y
al que todos toman equivocadamente por el supuesto inspector. A partir de ese
momento todos comenzarán a sobornarlo, intentando, al mismo tiempo, ganar su amistad
para recibir una buena crítica que les ayudará a ascender en sus carreras de
auténticos estafadores. El culmen de la obra llegará al anunciarse el
compromiso entre el funcionario y la hija del alcalde, acto que es
automáticamente sucedido por la desaparición del funcionario que, con los
bolsillos llenos de dinero, y sin nada que ver con el inspector, decide
largarse a disfrutar de la vida a la menor oportunidad. Todo terminará, por
otra parte, al descubrir el alcalde y sus secuaces el error que han cometido,
hecho que ocurre justo antes de aparecer el verdadero inspector.
La actuación de los alumnos de
primero de interpretación fue especialmente remarcable y la caracterización de
los personajes no dejó nada que desear. Los actores se movían por el escenario
con una confianza y desenvoltura propia de actores profesionales. Asimismo, la situación
de la representación en el patio de la facultad a la caída de la tarde (justo
cuando empezaba a refrescar), hizo de una velada una algo mágica y especial.


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