En los últimos dos meses, Carlos
Fuentes me ha llevado de la mano a conocer a Laura Díaz a lo largo de sus cien
años de vida. He conocido a Laura Díaz, a las hermanas Leticia (la mutti), a
Hilda, Virginia y María de la O de la hacienda tabacalera de Catemaco. He
conocido la historia de México, de su revolución, de su movimiento obrero, de
su capitalismo. He conocido a Laura a través de su marido, de sus hijos y
nieto; a través de sus amantes. A través de sus amigos: Diego Rivera y Frida
Kahlo.
Laura Díaz: la hija, la esposa, la amante, la madre, la artista, la
vieja, la joven.
Pero Laura también me ha
acompañado a mí a través de mis últimos dos meses: me ha acompañado a la sierra
y me ha prestado compañía frente a la chimenea. Vino a Bélgica, y,
recientemente, a Marruecos.
Creo que ha sido precisamente el
período de tiempo que ha pasado desde que comenzase el libro hasta que leyese
su última página lo que me ha llevado a entender su historia de la manera en
que lo he hecho. Una historia centenaria, como así lo es su dueña.
No creo que nadie sea capaz de
terminar la novela sin la curiosidad de buscar alguna foto de la famosa Laura
Díaz. Y, sin embargo, Laura nunca saldría de las páginas que la crearon y
dieron forma. Parece cruel que un personaje de dicha entidad tenga la capacidad
de compartir momentos cruciales con Frida Kahlo o Luis Buñuel y que, no
obstante, no pueda compartir su capacidad más esencial: la de existir.

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